¿Puede un club de lectura favorecer nuestro bienestar emocional?

En el 2022 me mudé al sureste de Chicago por razones laborales. Como de costumbre cuando llego a un vecindario nuevo, busco la iglesia que se convertirá en mi hogar espiritual. Para entonces, en la ciudad empezábamos a tener luz verde para retomar los encuentros públicos sin restricciones exageradas después del COVID.

Tenía unas ganas inmensas de congregarme en algún grupo sólo para empezar a crear un sentido de pertenencia dentro de la parroquia. Pero debido a mi carga laboral (multiempleo) no quería que fuese en ninguna actividad que requiriera demasiado tiempo y compromiso. Para mi alegría, vi que en el boletín se anunciaba un club de lectura. Voilà! Me atraparon con algo que disfruto abundantemente. Tremenda idea que no había experimentado nunca en un contexto eclesial.

Aquel club de lectura se reunía dos veces al mes. Veía también en este grupo la ventaja de que los participantes eran todos anglófonos; una oportunidad para mí para no sólo compartir con otra comunidad que no fuese la hispana y crear puentes, sino para practicar mi segunda lengua. Me sentí realmente bienvenida y acogida. Disfruté presenciar las discusiones que suscitaban los textos, las preocupaciones por no encontrar alguna copia de algún libro sugerido, el amor que compartíamos todos por la lectura y, sobre todo, el sentido de camaradería.

El único “bemol” que percibía del club era que todas las lecturas seleccionadas, aunque la mayoría muy enriquecedoras, no eran obras propiamente cristianas (católicas), lo que provocó cierta sorpresa en mí cuando llegué porque era lo que esperaría por el contexto en el que nos encontrábamos. No argumenté ni propuse lo contrario, puesto que con mucho entusiasmo me habían dado la bienvenida diciéndome que las lecturas eran todas seculares. (Casi garantizándome con ello de que sería entretenido).

Hay un proverbio chico que dice que cuando no hay viento, habremos de remar. Justo eso hice cuando al cabo de un par de años cuando tuve que cambiar de ciudad. En el 2025, cuando di a luz a Teófilo, para promoverlo, inicié un club de lectura virtual (anhelo más de estos encuentros de manera presencial) con lecturas netamente cristianas.

¿Reconocen en donde estoy en esta fotografía? Es la biblioteca Feehan Memorial de la Universidad Santa María del Lago en Mundelein, Illinois.

Lo que cosechamos dentro de una comunidad

Como moto, el club de lectura de Teófilo reza “crecer en la fe mientras hacemos comunidad”. Y es este sentido comunitario la clave para sanar de la aflicción y esclarecer la mente y el espíritu cuando estos se ven nublados por el desánimo, la soledad, la tristeza o la desesperanza.

Siempre recuerdo un sermón pascual en el que el obispo Robert Barron reflexionaba que Santo Tomás, que no estaba cuando Jesús resucitado se apareció a los apóstoles (Juan 20, 24-31), no daba crédito a lo que ellos decían sobre esta visita, cegado por la incredulidad y el desencanto. Pero una semana después, ya estando Tomás junto a todos en la sala, Jesús vuelve a aparecérseles y ahora él cree. Robert Barron enfatizaba que un aspecto relevante en el cambio de actitud del apóstol se debió precisamente al encontrarse en presencia de toda la comunidad. La creencia se manifiesta en su mayor esplendor cuando se reúnen más de dos en el nombre de Jesús; precisamente, a imagen de un Dios trino, comunidad.

Una comunidad que es auténtica es capaz de ofrecer cohesión a sus miembros y, por ende, producir verdadero gozo al afianzarse el sentido de identidad y de pertenencia. Aún más, en casos en que la salud mental flaquea, el encuentro con el otro puede producir cambios muy beneficiosos.

El terapeuta católico Tommy Tighe, en su libro St. Dymphna’s Playbook: A Catholic Guide to Finding Mental and Emotional Well-Being (2021) resalta que la interacción con otros, además de la actividad física y de rezar, constituye una de las herramientas para hacer frente a la depresión bajo la forma de anhedonia (la incapacidad de sentir placer o estar interesado en sentirlo). “La interacción social puede ser salvadora cuando experimentamos anhedonia. De hecho, el efecto en nuestro cerebro, producto de esta interacción, puede cambiar la situación por completo”, apunta.

En su artículo La lectura como recurso innovador para la salud mental (2024), Ana María Escobar Peña concluye, en el estudio de innovación social que llevó a cabo a través de promoción de la lectura y el fortalecimiento de la salud mental, que hay mayor impacto cuando se toma en cuenta a la lectura como base para el desarrollo social y como medio de autoconocimiento, reflexión y fomento a la creatividad en busca del bienestar emocional.

Citando a Irene Vallejo y su obra El infinito en un junco (2019), la comunicadora social Escobar Peña recalca que la lectura no sólo desarrolla habilidades intelectuales, sino que también actúa como vehículo para mejorar la salud emocional y social, como ocurrió en Kentucky durante la Gran Depresión.

Lo que cosechamos de las lecturas

Me abstendré de mencionar los beneficios intelectuales del ejercicio de la lectura que son ya ampliamente conocidos, como la estimulación de la actividad cerebral, el fomento de la creatividad y la concentración, el fortalecimiento de la memoria, el fomento del pensamiento crítico, la expansión del léxico y, por ende, la habilidad para comunicar mejor.

En lugar de ello, quisiera brevemente mencionar los frutos espirituales que adquirimos de la lectura. Sobre todo, de la literatura. Y es que las grandes obras de literatura (como las que recomiendo en mi guía) son maná para la mente y comida para el alma, como bien lo menciona Joseph Pearce en su libro Literature: what every Catholic should know (2019). Para Pearce, “en ellas (las obras literarias) descubrimos que la persona humana es homo viator, un peregrino o caminante que viaja a través de la vida mortal con la vida eterna siempre en mente”, entendimiento que –reflexiona–, como humanos modernos, homo superbus (soberbios), no sólo hemos olvidado el nombre de nuestro destino, sino que hemos olvidado que tenemos un destino.

La buena literatura nos conecta. Crea empatía entre nosotros al adentrarnos en las realidades ajenas que antes estaban veladas. Pero, además, no damos cuenta de que no eran realidades del todo ajenas, y eso permite que afiancemos nuestras similitudes, más que enfatizar nuestras diferencias. O, como en mi caso, posibilita el descubrimiento de aspectos de mí misma que antes no sabría nombrar.

Para finalizar este segundo aspecto, quisiera traer aquí la hermosa perspectiva que hace Holly Ordway en su libro Tales of faith: A guide to sharing the Gospel through literature. En esta obra, Ordway ofrece una guía para abordar los clásicos de la literatura como instrumentos evangelizadores. Para ello, parte del principio de que la literatura es una de las tantas formas de belleza que existen.

La autora resalta que no podemos transmitir la realidad de la bondad, la verdad y la belleza (trascendentales o atributos de Dios) sólo mediante argumentos racionales, que sólo nos dejarán haciendo argumentos de más palabras y conceptos que resultarán en poco impacto en las mentes y en los corazones de nuestros interlocutores.

Por eso, vislumbra que precisamente uno de los desafíos de la evangelización y el discipulado consiste en encontrar la manera de dotar a los fieles de una sustancia real. Es decir, una manera en la que nuestros conceptos teológicos (gracia, pecado, perdón, resurrección, etcétera) recobren mayor sentido en quienes acompañamos y en la que puedan conectar y finalmente captar esos conceptos de una manera más efectiva.

“La literatura —afirma Ordway— puede ayudar a que las verdades de la fe sean asimiladas más plenamente por la imaginación, comprendidas por el intelecto y sentidas por las emociones; todo lo cual, a su vez, contribuye a cimentar una base sólida para la acción de la voluntad”.

Holly Orway invita, entonces, a liderar desde la belleza. Es decir, partir del hecho fundamental de que los seres humanos nos sentimos atraídos por lo bello. Nos atrae, capta nuestra atención y, si permanecemos atentos a ello, podemos sentirnos impulsados a profundizar más y, con ello, conducirnos a Dios.

En suma, los clubes de lectura no son sólo una herramienta excelente para propiciar los lazos de fraternidad y, con ello, la cohesión que necesitamos para nuestro bienestar emocional. Ellos son también, a través de la relevancia de la literatura seleccionada, un faro que nos reconecta con el sentido de la vida. Y como los buenos libros reflejan belleza, la buena lectura es capaz de conectarnos con Dios, quien es lo bello en grado sumo.

¿Crees que participar en un club de lectura aportaría al cuidado de tu salud mental? ¿Te animarías a formar uno en tu comunidad? Puedes contactarme para recibir una guía de cómo iniciarlo y una lista de lecturas recomendadas de diferentes géneros y distintos niveles de profundidad. ¡Ánimo!

Referencias:

  • Escobar Peña, Ana María. La lectura como recurso innovador para la salud mental. Universidad Nacional Abierta y a Distancia UNAD, 2024.

  • Ordway, Holly. Tales of Faith: A Guide to sharing the Gospel through literature. Word on Fire, 2022.

  • Pearce, Joseph. Literature: what every Catholic should know. Ignatius Press, 2019.

  • Tighe, Tommy. St. Dymphna’s Playbook: A Catholic Guide to Finding Mental and Emotional Well-Being. Ave Maria Press, 2021.