Queridos teófilos, como sabrán, en las Sagradas Escrituras el 40 es un número muy significativo; es símbolo de alianza, de promesas cumplidas, de pruebas superadas y de nuevos senderos.
Así que cuando cumplí 40, me hice un regalo de suma relevancia para mí: una peregrinación a algunos lugares sagrados de mi tierra natal. La primera parada fue para conocer la iglesia en donde me bautizaron. Entre muchas gracias, allí recibí por primera vez el don del Espíritu Santo; en ese templo la Iglesia me abrió sus brazos para invitarme a pertenecer a su gran familia en la fe, y lo más importante de todo: me fundí en la vida de Cristo para así convertirme en hija adoptiva de Dios.
Esta es la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, en Santo Domingo, República Dominicana. Me bautizaron el 16 de julio de 1986. Y, ustedes, ¿también recuerdan dónde y cuándo recibieron este sacramento?
Me dijo el sacristán que tuve suerte de conocer también la pila bautismal que ha estado desde siempre en esa parroquia —y en la que seguramente me bautizaron— hasta esa semana de diciembre cuando fue removida.