Meteora, donde la Belleza sólo con belleza se paga

Queridos Teófilos, que la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo los
acompañen en el camino.

En el verano de 2022 tuve el honor de visitar uno de los lugares más impresionantes
que mi sencilla vida ha podido presenciar: Meteora, ubicado en la región de Tesalia, al
norte de Grecia, a menos de 4 kilómetros de la ciudad de Kalambaka.

Al aproximarse allí, una impresionante vista de un conjunto de peñascos tallados
naturalmente de formas exquisitas te da la bienvenida. Entonces es cuando resulta
inexorable exclamar como el salmista: “los cielos cuentan la gloria de Dios y el
firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19, 1).

Aún más. Sobre aquella naturaleza muerta se recapitula la vida. Porque el espectáculo
natural se intensifica tras la vista de una serie de monasterios construidos
armoniosamente sobre estas masas rocosas de color gris llamadas “Meteora” (término
que significa “suspendido en el aire”), con altitud de hasta unos 600 metros sobre el
nivel del mar.

Esta contribución humana empezó a finales del siglo XII con la presencia de ascetas
que hicieron de este lugar su hogar, considerando la situación topográfica como
privilegiada para el encuentro con Dios, como sucede con frecuencia en los relatos de
las Sagradas Escrituras. Pero la construcción de los monasterios con la delicada
arquitectura que apreciamos hoy inicia en el siglo XIV con San Atanasio Koinotivis,
perteneciente al monacato ortodoxo del Monte Athos (también al norte de Grecia).

Él y sus acompañantes fundaron el primer monasterio al que nombraron Monasterio de
la Transfiguración, o mejor conocido como “El gran Meteoro”. Con esta fundación, se
estableció la comunidad monástica en estas rocas, y se sentaron las bases para los
demás monasterios de Meteora, que antes eran 24, de los cuales 6 funcional
actualmente.

Ahora bien, si de por sí el espectáculo natural del exterior nos deja sin aliento, lo que
sucede en interior de estos monasterios no se queda atrás. (No nos queda duda,
entonces, del porqué la UNESCO ha declarado este lugar como Patrimonio de la
Humanidad en 1988). Las paredes están revestidas de frescos e íconos en dorados y
colores vibrantes que testimonian la presencia del arte bizantino y post-bizantino,
exaltando a Jesucristo, a la Virgen María y a otras de las máximas figuras de la Iglesia
Ortodoxa Griega.

Es de esperar que cada elemento artístico que adorna sus interiores (especialmente las
capillas y los refectorios) provoque admiración y suma reverencia, puesto que sus
autores – los mismos monjes– han elaborado cada ícono y cada objeto religioso bajo
un espíritu íntimo de oración, unidad y contemplación, dentro del dinamismo de la
sencillez y el esmero de la vida monacal.

Para mí, lo que sucede en Meteora es un acto de ofrenda bidireccional. Por una parte,
Dios entregándose a sí mismo, bajo la impronta de esta belleza natural; y el ser
humano emulando ese atributo trascendental, desde sus posibilidades, en la entrega
de sus dones artísticos como respuesta de gratitud.

Santa Teresa de Lisieux, en Historia de un alma, en el manuscrito B, oraba: “Lo sé,
Jesús, el amor sólo con amor se paga, por eso he buscado y hallado la forma de aliviar
mi corazón devolviéndote amor por amor”. Ahora, mi exhortación es que
transformemos esta frase sustituyendo la palabra amor, por belleza (“lo que agrada
ver”, en clave tomista). De este modo, continuaríamos reflejaríamos lo que somos:
imagen y semejanza del Creador. Ahora, la belleza que somos (en Él) la
transformaríamos en ofrenda, o, si se quiere, cualquiera de nuestras ofrendas a Dios,
transformarlas en belleza.

Esto, lo sabemos, es posible porque la belleza en grado sumo ha querido dejar su
huella en nuestro espíritu. Es quizás nuestra tarea. Hace eco en mí esta frase atribuida
a San Juan María Vianney: “Aquí está una regla para toda la vida cotidiana: no realices
ninguna obra que no puedas ofrecerle a Dios”.
Entonces, que las ofrendas que consagremos a Dios no sólo sean las primicias de
nuestros frutos (Proverbios 3, 9), sino que estas sean también bellas, no por nuestros
dones artísticos o nuestras posibilidades económicas, sino por la magnitud de la
bondad de nuestra intención y en el amor depositado en ellas.
Que nuestra propia vida sea ofrenda agradable a Él.

Referencias fotográficas:

  1. En las fotos de exterior estoy en las inmediaciones del monasterio de Varlaam.
  2. Las fotos de los frescos y de los interiores se encuentran también en el
    monasterio de Varlaam.
  3. Fotos de los monjes. Meteora, Ediciones Mijalis Tumbis, S. A. (1989).

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Ely Segura es laica, creadora del proyecto Teófilo, una iniciativa para la formación en la
fe de adultos hispanos en Estados Unidos. Este artículo ha sido adquirido por la
agencia católica de noticias Our Sunday Visitor. Se prohíbe su reproducción.