¿Por qué Teófilo?

He sentido una profunda vocación a acompañar con sencillez a quienes buscan, auténticamente, profundizar en el misterio divino y no encuentran las respuestas adecuadas por razones multifactoriales. Entre estas, la coexistencia en un mundo contemporáneo cada vez más secularizado que debilita o desenfoca ese deseo genuino o, por otra parte, ya habiéndoselo propuesto, el escaso acceso a fuentes formativas que coincidan con el tiempo o el presupuesto se presenta como obstáculo.

Inspirada en el nombre Teófilo, el interlocutor de la obra lucana (Lucas 1, 3; Hechos 1,1), he bautizado mi propuesta pastoral de esta manera a fin de designar a todos los que aman y buscan a Dios, sobre todo adultos hispanos en Estados Unidos. Este es mi grupo focal dado a que esta constituye la población con la que quiero dedicarme pastoralmente en este país. Hay, incluso, diversas razones para explicar la necesidad de esta elección. Algunas de ellas traté de exponerlas durante mis años de estudio de la maestría en Estudios Pastorales en la Universidad Loyola de Chicago. Me limitaré, a continuación, a citar tres de ellas:

Primero, el factor socioeconómico y demográfico. La pobreza económica de los hispanos en los Estados Unidos es una realidad compleja y alarmante que atañe a la misión evangelizadora y repercute en los modos en que esta se produce. La organización Poverty USA señala que para el 2016, los hispanos en este país ocupaban el tercer lugar de pobreza según el origen étnico con un 23.4% 2 , después de los nativos americanos y de los afroamericanos.

Al respecto, en su artículo “El ministerio hispano, la evangelización y la formación en la fe”, el teólogo Hosffman Ospino (2010, 273) señala que los hispanos católicos en Estados Unidos –quienes conforman el 40% de la población católica en el país– no sólo se ven afectados por los retos urgentes de la Iglesia en esta nación (entre los que se encuentran la disminución de católicos que asisten a la iglesia con regularidad 3 , la escasez de sacerdotes, corrientes secularizadas, entre otras), sino también atender a otros retos que son particulares a su realidad sociocultural tales como los niveles altos de pobreza, escaza presencia en posiciones de liderazgo en la sociedad y en la Iglesia, bajos niveles educativos 4 y una inadecuada atención pastoral.

Segundo, debilitamiento de la fe. Un ejemplo claro de la necesidad de una formación más sólida en la fe (no sólo de los hispanos, sino de todos los católicos en el país) es el resultado de un estudio del Pew Research Center en el 2019 que arrojó que sólo un tercio de los católicos en este país cree en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Recordemos que el resultado de este estudio –aunado a la mencionada disminución de la asistencia de fieles a las misas– motivó a la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos a celebrar el National Eucharistic Revival (Avivamiento Nacional Eucarístico), un movimiento nacional celebrado entre el 2021 al 2024, a fin de restaurar la comprensión y la devoción sobre el misterio de la Eucaristía.

Y, tercero, la formación en la fe es un imperativo pastoral. Evoquemos el encuentro del apóstol Felipe con el etíope relato el capítulo 8 del libro de los Hechos de los apóstoles. Felipe, movido por el Espíritu va al encuentro del etíope (eunuco) quien leía las Escrituras. Al preguntarle Felipe si comprendía lo que leía, este le replica: “¿Cómo podré si alguno no lo enseña?” (v.31) 5 . Así, en nuestras comunidades hispanas hay centenares de eunucos que tienen toda la intención, la buena voluntad y la fe para acercarse a Dios; tienen sed de Dios.

Sin embargo, la sola fe no es suficiente. Al contrario, la misma recobra más sentido si es iluminada a luz de la razón. En la 1ra Carta de Pedro 3, 15 se nos exhorta a dar razones de nuestra fe, de nuestra esperanza, y esto es posible porque Dios nos ha diseñado con el don de la fe, pero también con la facultad de la inteligencia para tenar mayor acceso a él y mejor entendimiento de su misterio. Juan Pablo II introducía su carta encíclica Fides et Ratio (1998) diciendo que la fe y la razón son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. “Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo”, subrayaba entonces el Sumo Pontífice. Ya mucho antes San Anselmo de Canterbury había recitado su famosa frase Credo ut intellegam, en la que enfatizaba en la interdependencia de la fe y la razón para acceder a Dios.

Confesión personal

Ante todo, debo confesar que detrás de mi motivación pastoral (colectiva) subyace también un interés muy personal en todo esto. Creo rotundamente que “enseñar es aprender dos veces”, como reza la frase atribuida al ensayista francés Joseph Joubert. Personalmente, tengo una sed de Dios, de conocimiento bíblico y teológico que no cesa, y para mí este hecho es también una gracia. Desde mis inicios como catequista para niños, siendo aún una adolescente de catorce años, he estado convencida de que la vocación con la que me siento más satisfecha es acompañar a otros en la comprensión de la fe cristiana. Entonces, con sus luces y sus sombras, para mí formar en la fe también constituye una necesidad vital. Cada vez que me pongo de pie en frente de un grupo para compartir los fundamentos de la fe que recibí, siento un regocijo inefable que dota de sentido toda mi existencia.