Queridos Teófilos, a menos de una hora de Punta Cana, el destino turístico más famoso de la República Dominicana, se encuentra la Basílica Catedral de Nuestra Señora de la Altagracia, que, a su vez, es el destino religioso más concurrido de los dominicanos en la isla.

Cada 21 de enero, los dominicanos celebramos a la Virgen de la Altagracia, la advocación mariana más venerada y querida de nuestro país. Con esta advocación, nuestra Madre del cielo recibe el título de “protectora” de la nación.
El pueblo dominicano profesa un profundo amor a María, a quien se refiere cariñosamente como “Tatica”, diminutivo de Altagracia. A lo largo de todo el año, miles de mis compatriotas visitan su casa para agradecer su fiel compañía, convencidos del regalo de su constante intercesión. Así lo sentimos y creemos. De hecho, la misma arquitectura de la basílica hace eco de esta convicción: cuando nos aproximamos, un arco de hormigón de unos 80 metros de altura nos recibe, simbolizando las manos de la Virgen unidas en oración sosteniendo una cruz.
Desde niña me llamaba la atención el nombre de esta advocación. Me parecía curioso y hasta gracioso. Actualmente, en el país más de 300 mil personas lo llevan, y es incluso el nombre más frecuente entre las dominicanas. Claramente, este nombre es mucho más comprensible una vez invertidas las dos palabras de su composición. Es decir, “gracia alta”. Adjetivos aplicables perfectamente a María, la mujer de la hiperdulía; la que recibió la más altas de las gracias.
“Gracia” es un concepto teológico polisémico que me gusta y me interesa mucho. Me llena de regocijo y estupor escuchar y repetir aquel saludo del ángel Gabriel que todos conocemos por el Evangelio de Lucas. Cuán grato es para mí celebrar a quien recibió y aceptó generosamente el favor de Dios; a la elegida para ser su madre y la madre espiritual de toda la humanidad.
Scott Hahn, en Dios te salve, Reina y Madre, afirma que el hecho de que la Virgen María viviera en un estado de gracia santificante ganado por los méritos de su hijo Jesús –como profesamos en la doctrina de la Inmaculada Concepción– forma parte del plan divino de salvación. En la misma obra, Hahn apunta que San John Henry Newman enseñó que la concepción inmaculada era un importante corolario del papel de María como nueva Eva. Y que no deberíamos temer afirmar que la Virgen, incluso, recibió el don de la gracia aún mayor que ésta. Verdaderamente, a través de ella, se recapitula nuestra historia de salvación.

En mi club de lectura hemos dedicado el mes de enero a ahondar en cuentos selectos de Flannery O´Connor. Ha sido, inexorablemente, también una oportunidad para reflexionar en la gracia. (¿Coincidencia?). La gracia no es sólo el estado de intimidad con Dios o el favor concedido por Él por su bondad y no por nuestros méritos, sino que también es una irrupción suya en nuestra cotidianidad; una revelación, una intervención radical que abre la posibilidad de reencausar nuestras vidas a fin de alcanzar –como una nueva oportunidad– la salvación. Pero O´Connor añade que «toda la naturaleza humana se resiste vigorosamente a la gracia porque ella nos cambia y el cambio es doloroso». [Oh, Madre, que podamos imitar tu firme fiat y derribar toda resistencia que nos aparte de la redención].
Cada peregrino que se dirige a Higüey, el municipio en donde se encuentra esta basílica, encuentra también la posibilidad de rendirse, de reencontrarse y de abrirse a esa gracia divina por medio de María. Es imposible estar allí y no respirar su ternura
Este templo se inauguró en 1971, reemplazando el antiguo santuario que se encuentra a pocos metros, y que permanece allí desde el 1572 con el nombre de Iglesia de San Dionisio. Ahí fue donde comenzó a venerarse la imagen de la Virgen de la Altagracia, y en donde cientos de fieles empezaron a testimoniar numerosos milagros concedidos por la intercesión de la Virgen.
A un costado de la Basílica-Catedral, se encuentra el Museo de la Altagracia, un lugar que promueve la historia y el arte sacro en torno a esta devoción. Allí me fascinó constatar, a través de leyendas, exvotos y obras pictóricas, la fervorosa fe de los fieles que se han confiado a María.
Que ella, la Altagracia; nuestro modelo de la fe y de caridad (CEC 967), reavive nuestra esperanza y nos prodigue su consuelo materno. Y que nos acompañe en nuestro peregrinar al cielo, en donde ella, coronada como reina, intercede por nuestras almas y nos espera.
:::::::::::::
Ely Segura es laica, creadora del proyecto Teófilo, una iniciativa para la formación en la fe de adultos hispanos en Estados Unidos. Este artículo ha sido adquirido por la agencia católica de noticias Our Sunday Visitor. Se prohíbe su reproducción.